Mis dientes muerden la madera oceánica,
hacen grietas en la luna de tu vientre.
De pie
estoy.
Ebrio
de las descubiertas tardes de Chile.
Sin tregua,
el ángel
extiende el otoño,
marchitando las llamas de tu cuerpo.
Lúgubres lamentos
espuman las maléficas sombras
que tendió esa
venenosa sirena.
Las tormentas peligran
en el fondo de la red,
desventuradas y mudas
encadenadas al espanto.